Y ahora ¿qué? ¿Vuelta a la normalidad? por Kiko Alvarez.

Kiko Álvarez, Doctor en Ciencias Biológicas

Un organismo de entre 80 y 220 nm de diámetro, microscópico, ha sido capaz de poner patas arriba «nuestro» mundo, enseñándonos que somos, como sociedad y como personas, mucho más pequeños y vulnerables de lo que pensamos, y lo más importante es que, quizás, «nuestro» mundo, no sea nuestro.

La pandemia que estamos sufriendo, es un indicador más de un problema mayor, que no es otro que el modelo de desarrollo que hemos implantado en la práctica totalidad del planeta. Un modelo que, por la manera en que producimos y consumimos, ha generado graves desequilibrios ecológicos en general, y de pérdida de biodiversidad en particular, y que de manera consecuente tiene efectos muy negativos sobre la salud de las personas. No es algo nuevo que todos los años mueran miles de personas debido a enfermedades controlables y relacionadas con la mala calidad del agua, pero eso sucede en países alejados, incluso es aceptado por nuestras sociedades «desarrolladas». Del mismo modo, todos los años mueren miles de personas debido a enfermedades relacionadas con la contaminación del aire que respiramos, pero en este caso, la invisibilidad de la causa hace que no le prestemos la suficiente atención. Es más, hay diversos estudios que demuestran que los daños pulmonares causados por la altísima contaminación de algunas ciudades han podido empeorar las consecuencias del COVID 19 en zonas concretas, por mucho que las medidas de aislamiento hayan mejorado la calidad del aire por un pequeño corto plazo de tiempo.

Entonces, ¿qué está pasando con el coronavirus?. Sabemos que tiene su origen en los animales silvestres, aunque se desconoce a ciencia cierta de que especie. De hecho, inicialmente en muchos medios de comunicación se acusó injustificadamente como responsables de esta crisis a los murciélagos y pangolines. Mirábamos el dedo que nos señalaba la luna, mientras que desde la comunidad científica ya se situaban los desequilibrios ecológicos que han generado una gran pérdida de biodiversidad como una de las causas más probables de la migración de distintos virus de los animales al hombre, estimándose que el 75% de las epidemias emergentes en el futuro, lleguen o no a pandemias, tendrán relación con estas vías de contagio.

La globalización y nuestro modelo de desarrollo económico nos lleva irremediablemente a ocupar nuevos espacios, invadiendo y destruyendo hábitats y sistemas naturales, muchos de ellos antes inalterados. Basta recordar que, cada año desaparecen unos 9 millones de ha de bosques, que los destruimos y alteramos para permitir el asentamiento de nuevas poblaciones humanas y nuevos sistemas de producción intensiva. Esto, tristemente, se traduce en que apenas nos quedan en el planeta el 8% de los bosques intactos, o que, por ejemplo, las poblaciones de vertebrados hayan disminuido un 60% entre 1970 y 2014.

Y esta crisis de  pérdida de biodiversidad se acrecienta por la falta de percepción de la misma, ya que los efectos negativos que genera, entre los que se encuentran los brotes de estas nuevas enfermedades emergentes, no siempre están sincronizados en el tiempo, sino que normalmente sus consecuencias, tanto en el medio ambiente como en la salud, se producen transcurrido cierto tiempo.

Sin embargo, parece que a nuestros y nuestras gobernantes lo que les preocupa ahora es una vuelta a la normalidad. Así estamos viendo, por ejemplo, que una de las principales preocupaciones del Lehendakari Urkullu en este tema es elaborar de forma coordinada un “plan de vuelta a la normalidad para recuperar la vida cotidiana de forma gradual», o que el Diputado General de Álava haya reclamado al Gobierno del estado que «elabore un plan de manera consensuada con las Comunidades Autónomas para recuperar poco a poco la vida normal de la ciudadanía y la actividad económica». Es decir, volver a poner en marcha el mismo sistema económico y social con el que funcionábamos antes. ¿Para que?, ¿para esperar a la próxima?. ¿Es que no hemos aprendido nada?.

El problema radica en que lo que se nos plantea es volver a su normalidad. Una normalidad que posiciona el rendimiento económico por encima de las personas y del medio ambiente, una normalidad que ha generado los problemas ambientales, sociales y sanitarios que estamos padeciendo en la actualidad. Como se cree que dijo Albert Einstein: “Locura es hacer lo mismo una y otra vez, esperando obtener resultados diferentes”.

Recientes estudios científicos han demostrado que de continuar con esta normalidad tan anhelada por nuestros y nuestras gobernantes, es decir de continuar con el mismo modelo económico depredador, injusto socialmente e insostenible ambientalmente, sin apostar por una sostenibilidad real, que  asegure la dignidad de los y las habitantes del planeta, y que ponga definitivamente encima de la mesa la defensa y protección de la biodiversidad, el colapso de los ecosistemas llegaría en apenas 10 años. Los océanos, bosques y demás sistemas naturales verán seriamente alterados sus procesos ecológicos, con el consiguiente detrimento en la provisión de los bienes y servicios que generan para nuestra sociedad.

Es evidente que no podemos parar el mundo, pero, sin embargo, esta crisis debe servirnos para que nos replanteemos como queremos relacionarnos con el planeta y, en especial, con cómo debemos recuperar y conservar la biodiversidad. Nuestros responsables políticos deben tomar conciencia, y consciencia, que los recursos de que disponemos no son infinitos, y que no pueden ser explotados y consumidos indiscriminadamente como si no tuviesen fin. Tenemos que ser conscientes de que esta simplificación de la biodiversidad que está más que demostrada, aumentará sin duda los riesgos para la salud humana a nivel mundial, y lo que es más importante, de que proteger y conservar la biodiversidad y la funcionalidad de los procesos ecológicos es proteger la salud de las personas.

Hasta la fecha, las administraciones vascas sin excepción, han considerado la conservación y protección de la biodiversidad como un freno al desarrollo, como un impedimento para el desarrollo de determinadas actividades económicas, y en consecuencia han actuado en ese sentido, disponiendo los recursos mínimos para cubrir el expediente, habitualmente más sobre el papel que sobre el terreno, llegando incluso algunos responsables políticos a decir abiertamente que no iban a cumplir deliberadamente con la legislación de aplicación.

Es cierto que la crisis de biodiversidad es de escala global, planetaria, pero también es cierto que todos los gobiernos, en su ámbito competencial, deben replantearse sus débiles políticas ambientales en materia de biodiversidad, mejorando sus actuaciones e incrementando los recursos necesarios para garantizar en sus territorios una adecuada gestión para la mejora y conservación de la biodiversidad, a la vez que garantizan su protección efectiva.

Hay muchas dudas de cómo va a ser nuestra vida cuando termine el confinamiento; muchas cosas van a cambiar, pero lo que es seguro es que las personas van a saber estar a la altura, como han venido demostrando en estas semanas, pero, ¿lo estarán también nuestros y nuestras gobernantes?.

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